
En su Historia de Florencia, Maquiavelo narra que en la victoria de los milaneses ante su ciudad natal en la batalla de Zagonara, tuvo que ver más la habilidad táctica que la sangrienta confrontación cuerpo a cuerpo. Un adecuado despliegue permitió a las fuerzas del norte rodear y tomar prisionero al contingente enemigo sin producir mayores bajas. Antes que una pintoresca excepción, los altos costos cobrados por los mercenarios que pelearon en la Italia del siglo XV, obligaban a los gobernantes a sopesar las consecuencias de toda carnicería y anteponer la prudencia fiscal a cualquier afán de gloria.
Cuatro siglos después, Bonaparte se jactaría ante Metternich de poder perder treinta mil hombres al mes sin que esto amenazara su apoyo político. La Revolución que generosamente extendiera los derechos a las masas exigió de sus nuevos ciudadanos una cuantiosa retribución: disponer de sus vidas para las batallas internas y las eventuales jornadas de conquista que llevarían a la libertad francesa por toda Europa. Se iniciaba la era de los grandes reclutamientos y la soldadesca barata que marcaría el sangriento panorama de la era moderna.
Estos hechos son analizados en la obra del filósofo Michael Walzer "Guerras justas e injustas". En ella, además de relativizar la caracterización típica del mercenario e iluminar los aspectos más sombríos del surgimiento de los ideales republicanos, se reflexiona sobre un problema que cobró relevancia cuando la semana pasada se revelara la excepcional presencia del príncipe Harry en Afganistán. Este es la ruptura de las elites con respecto a las obligaciones militares que atañen a todos los ciudadanos. Walzer afirma que la reducción de los ejércitos a cuerpos pequeños y profesionales busca evitar los peligros de la masificación, pero en la medida que estos sean constituidos solo por los pobres y marginados, los gobernantes no dudarán en comprometer la vida de todos aquellos que no sean su propia carne y sangre.







