jueves, 6 de marzo de 2008

Weekend Warrior La República 6/3/2008


En su Historia de Florencia, Maquiavelo narra que en la victoria de los milaneses ante su ciudad natal en la batalla de Zagonara, tuvo que ver más la habilidad táctica que la sangrienta confrontación cuerpo a cuerpo. Un adecuado despliegue permitió a las fuerzas del norte rodear y tomar prisionero al contingente enemigo sin producir mayores bajas. Antes que una pintoresca excepción, los altos costos cobrados por los mercenarios que pelearon en la Italia del siglo XV, obligaban a los gobernantes a sopesar las consecuencias de toda carnicería y anteponer la prudencia fiscal a cualquier afán de gloria.

Cuatro siglos después, Bonaparte se jactaría ante Metternich de poder perder treinta mil hombres al mes sin que esto amenazara su apoyo político. La Revolución que generosamente extendiera los derechos a las masas exigió de sus nuevos ciudadanos una cuantiosa retribución: disponer de sus vidas para las batallas internas y las eventuales jornadas de conquista que llevarían a la libertad francesa por toda Europa. Se iniciaba la era de los grandes reclutamientos y la soldadesca barata que marcaría el sangriento panorama de la era moderna.

Estos hechos son analizados en la obra del filósofo Michael Walzer "Guerras justas e injustas". En ella, además de relativizar la caracterización típica del mercenario e iluminar los aspectos más sombríos del surgimiento de los ideales republicanos, se reflexiona sobre un problema que cobró relevancia cuando la semana pasada se revelara la excepcional presencia del príncipe Harry en Afganistán. Este es la ruptura de las elites con respecto a las obligaciones militares que atañen a todos los ciudadanos. Walzer afirma que la reducción de los ejércitos a cuerpos pequeños y profesionales busca evitar los peligros de la masificación, pero en la medida que estos sean constituidos solo por los pobres y marginados, los gobernantes no dudarán en comprometer la vida de todos aquellos que no sean su propia carne y sangre.

jueves, 28 de febrero de 2008

El peligro de Kosovo 28/2/2008


Siete millones de europeos tuvieron que morir antes de que en 1648 se firmara la paz de Westphalia. A partir de este momento, la ciudadanía dejaría de ser una mera extensión del compromiso religioso y se consolidaría como una esfera autónoma. No sería, sin embargo, la última ocasión en la que el naciente estado moderno tendría que enfrentar prejuicios arraigados con el fin de constituir una unidad más extensa.

Nuestra época se ha esforzado por superar el concepto tradicional del estado-nación como instrumento de gobierno de una cultura homogénea, incapaz por definición de coexistir con algún otro grupo minoritario. Los casos de Alemania, Suiza y España prueban que la tensión entre los diversos grupos y el gobierno central no es sintomática de represión, sino una muestra de la vitalidad y capacidad autocrítica del sistema.

Quienes apoyan irrestrictamente la independencia de Kosovo confunden, pues, sectarismo con autodeterminación y creen que la fundación de un estado al servicio de una reivindicación étnica representa necesariamente la realización de la libertad y no, como diría Hegel, su más rotunda negación. De esta manera, olvidan que, bajo dicho punto de partida, la discriminación de todos aquellos que no pertenecen al grupo mayoritario se torna un riesgo latente, tal como en el pasado lo fuera la intolerancia religiosa.

Aun cuando es innegable que la negativa serbia a promover alguna alternativa al separatismo ha sido central en la escalada del conflicto, la decisión de Kosovo se nutre de una similar intransigencia, ya que ignora a los grupos serbios que habitan en el norte y rechazan la declaración unilateral.

En su película Underground, Emir Kosturica retrató a los Balcanes como una tierra irremisiblemente marcada por la guerra y el espíritu combativo de sus pobladores frente a toda ambición imperialista. Pareciera, desafortunadamente, que ante la ausencia de un enemigo común, es en dicho espíritu donde radica también la fuente de su desunión.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Cazadores de Mitos La República 21/2/2008


Hoy, hace 160 años, el fantasma del comunismo recorrió Europa por primera vez. Considerando la suerte que hoy corre el pensamiento de Marx y el hecho de que la última efigie del socialismo se haya retirado hace dos días del poder, la metáfora no podría haber sido más desafortunada.

Es innegable que el estilo panfletario del Manifiesto Comunista ayudó a sellar dicho destino y reducir la colosal obra de Marx a ese conjunto de sentencias incendiarias que tanto seguidores como detractores emplean con la misma banalidad. Sin embargo, una lectura atenta de la obra revela alguna de las intuiciones más geniales sobre el destino de la sociedad capitalista y las características que distinguirían a la auténtica revolución de los desvaríos románticos de los anarquistas o los autoritarismos encubiertos, como el que hoy parece llegar a su fin en Cuba.

Así, esta obra de 1848 describe el proceso mediante el cual el capitalismo derribará todas las fronteras del estado nación y eliminará toda particularidad cultural que no sirva a sus propósitos. Escasa sorpresa mostraría Marx si supiera que la misma China, que en 1847 fue invadida y obligada por la primera potencia narcotraficante de la historia a abrir sus fronteras al libre mercado, amenaza hoy con dominarnos a través de la fibra óptica y las fusiones corporativas. Este último elemento es esencial para entender el profundo desprecio de Marx por las anarquistas que querían destruir las fábricas o por quienes abogaban por un retorno a utopías agrarias. Estos olvidaban que es en la era del capital en la que la libertad humana ha alcanzado límites inimaginables y que la cuestión no es, por lo tanto, renegar de ella, sino romper el monopolio ejercido sobre esta por una pequeña minoría. Solo cuando el capital haya desplegado todas sus posibilidades, será concebible la revolución cuya meta final es la universal expansión de la diversidad y posibilidades creativas del hombre y no su confinamiento a una pequeña isla del Caribe.

Nota: Lamento que en la edición de hoy de La República, algún censurable corrector haya puesto un "de" de más en la segunda línea de mi columna. Pido las disculpas del caso.

viernes, 15 de febrero de 2008

El segundo sexo La República 14/2/2007


El recientemente consumado affaire del presidente francés, Nicolas Sarkozy, con la ex modelo y cantante italiana Carla Bruni, revela un sentido del gusto y una meditada insolencia perfectamente acordes con la larga lista de contribuciones de su país a la cultura occidental.

Lo paradójico es que sea en la misma Francia en la que Simone de Beauvoir se atreviera a deconstruir "la naturaleza femenina", "la vida monogámica" y otras invenciones sobre las que se erige nuestra civilización, donde la mezquindad de los instintos conservadores ha aflorado con mayor virulencia. Así, numerosos críticos han sugerido que en función a su historial y deficiencias curriculares, Carla Bruni no merece más privilegio que el de ser "la favorite". Bajo este supuesto, la discreción con la que François Mitterrand lidiara con su amante e hija ilegítima ha sido alabada por multitud de socialistas como una ejemplar muestra de refinamiento. Quien recuerde, sin embargo, la mirada de Pilar Nores el inexorable día en el que las infidencias de su marido salieron a la luz, tendrá evidencia suficiente para sospechar que detrás de esta invocación a las buenas costumbres, se encuentra nuestra ancestral predilección por los dobles estándares.

Parecemos no ser conscientes de la aporía que presupone favorecer el avance femenino en el ámbito educativo y laboral y, al mismo tiempo, persistir en el culto a la mujer estoica, cuyo deber es callar la humillación e inmolarse en nombre de la Familia, el País y otros artificios escritos con mayúsculas.

No imagino a la nueva esposa del presidente asumiendo dicho rol ni hipotecando su felicidad a los intereses de la Quinta República. No dudo tampoco que, ante un eventual atentado a su dignidad, se alejará altiva como la Libertad de Delacroix, recordándole al Estado que es él quien debería estar a su servicio y dándole a todo su género una lección de dignidad que ningún doctorado en la Sorbona o ceremonia oficial podrán jamás reemplazar.

jueves, 7 de febrero de 2008

Supermartes La Republica 7/2/2008


La jornada del martes dejas tras de si a un McCain victorioso y un empate demócrata que fuerza a Clinton y Obama a una negociación cuyos resultados finales serán vistos solo en la Asamblea Nacional en agosto. Pero, más allá de las cifras y revelaciones de última hora, lo cierto es que el culto voyeurista del "look" y la "corrección política" han desplazado exitosamente al debate sobre los problemas fundamentales que desde hace décadas afectan al sistema político.

En el lado demócrata, fue ese fetichismo el que silenció los temas más relevantes de la agenda social y explica la renuencia de Obama a confrontar el problema racial, e incluso la alabanza prodigada al mismo Reagan que en los 60 se opusiera a la integración de las escuelas públicas. El mainstream extirpa cualquier evidencia de radicalismo que pueda ser rastreada hasta el ghetto, convirtiendo a los políticos de origen minoritarios en burdos calcos del establishment al que estos originalmente buscaban combatir.

En lo que ambos bandos sí han coincidido es en un silencio sepulcral sobre las cantidades millonarias necesarias para lanzar cualquier candidatura y cómo este hecho obliga a los políticos a transar con el mundo corporativo, al cual, teóricamente, debían legislar. El estéril debate entre Romney y McCain sobre quién representaría los auténticos valores conservadores olvida plácidamente las temporadas de Dick Cheney en el directorio de la corporación Halliburton y el servicio prestado a sus antiguos amos una vez que este retornó a la Casa Blanca.

En algún momento, los EEUU legalizó la misma corrupción que arrogantemente consideran monopolio del tercer mundo, y que ya en 1903 era considerada por Theodore Roosevelt como la mayor amenaza a la democracia: "…La república morirá cuando el poder caiga en manos de los que no buscan justicia para todos los ciudadanos, ricos y pobres por igual, sino en representar a una sola clase y sus intereses en oposición a los de todas las demás".

miércoles, 30 de enero de 2008

Exodo, I, 2008 La República 31/1/2008


De acuerdo al relato bíblico, la esperanza de alcanzar la tierra prometida permitió a los israelitas sobrevivir los cuarenta años en el desierto que siguieron a su liberación de Egipto. Hoy, tras 50 años de un destierro sin peregrinaje, los palestinos recorren esa misma senda armados con expectativas mucho más modestas .Es, por el contrario, la amenaza del hambre lo que los lleva a someterse a la dudosa benevolencia de los ex –faraones, quienes, presionados por sus antiguos súbditos, han prometido reestablecer el orden fronterizo.

El historiador Flavio Josefo narra en sus crónicas la terrible destrucción que trajeron las Legiones de Vespasiano a Galilea y la heroica lucha del pueblo judío por preservar sus creencias y autodeterminación. Hoy, el primer Ministro israelí, Ehud Olmert, recibe la venia del César de la nueva Roma para imponer una paz destinada a cambiarlo todo, con el fin de que todo siga igual.

En 1935, las leyes de Nuremberg privaron de la ciudadanía a los descendientes de Spinoza y Marx y establecieron el precedente para el Holocausto más terrible del siglo XX. Tras una ardua labor de análisis y rememoración, la tragedia que dio origen al derecho internacional moderno se convirtió en parte esencial de nuestra conciencia colectiva. Hoy, en CNN, un habitante de Gaza confiesa sentirse tratado como un subhumano, ya que carece de los derechos y servicios que, en sus propias palabras, disfrutan incluso los animales domésticos en Israel. Su historia, sin embargo, nos es ajena, su sufrimiento no es candidato a protagonizar una película de Spielberg y las leyes que perpetúan dicha inequidad no han sido llevadas ante ningún tribunal internacional.

La reflexión histórica consiste en obtener máximas universales a partir de circunstancias específicas. Sin este esfuerzo se corre el riesgo de caer en el mero fetichismo o la monopolización del dolor, perpetuando lo que por momentos parece ser la inexorable tendencia de la Historia a repetirse a si misma.

martes, 29 de enero de 2008

La persistencia de la memoria La República 24/1/2008














Las declaraciones de Jorge del Castillo parecen haber disipado las dudas sobre el carácter criminal de la dictadura fujimorista. Transformada en una sucesión monótona de plagios e intentos de homicidio, la gran estrategia antisubversiva se revela, finalmente, como el mito destinado a revivir el olvido.

Lo desafortunado es que dicho olvido se disipe sólo cuando los crímenes son narrados por miembros del "establishment" político e intelectual. Frente al destierro mediático de aquellas audiencias de la CVR en las que las víctimas directas del conflicto narraron los hechos más terribles de la guerra interna, la cobertura dada a las declaraciones de Gustavo Gorriti, el empresario Dyer y Del Castillo, sugiere la persistencia de prejuicios inmemoriales. Y es que si la historia es escrita por los vencedores, no resulta sorprendente que ellos parezcan lo únicos mártires.

Pareciera que los dogmas de Marta Hildebrandt son reflejos de actitudes cotidianas y que, desde la sintaxis torpe, y las voces titubeantes de los campesinos quechua hablantes, el sufrimiento perdiera algo de su densidad ontológica. Así, el debate esencial sobre las condiciones de pobreza y marginalidad que permitieron el auge de S.L, continua siendo aplazado.

Sin embargo, el juicio a Alberto Fujimori ofrece una nueva posibilidad para llevar a cabo esa catarsis histórica que nuestra sociedad necesita con tanta urgencia. Pero, esta solo será lograda, si, además de los crímenes del ex -dictador, confrontamos la cobardía y el oportunismo que hicieron posible un pacto de impunidad entre su régimen y algunos de los grupos más encumbrados del país, pacto cuyo origen puede ser rastreado hasta el atentado de Tarata, cuando la guerra que con tanta indolencia habíamos desatendido, se presentó ante nuestras puertas, y fuimos seducidos a hacer el intercambio auspiciado por todas las dictaduras: seguridad por olvido e impunidad , sin importar los costos.

Luces, cámara... La República 17/1/2008


A pesar de algunos avances menores –como el compromiso logrado por David Letterman con su staff–, la huelga de guionistas en Hollywood parece no tener solución. Esto garantiza a los cinéfilos un año todavía más banal, si es que tal cosa es siquiera concebible. Superhéroes en un mundo sin causas justas, rubias editoras de revistas de moda atrapadas entre el éxito laboral y el verdadero amor y nuevas hordas de zombies prometen apoderarse de una cartelera cuya esterilidad haría a Hitchcock despertar de entre los muertos y acuchillar a varios productores en la ducha.

Dejando de lado por un momento los sacrificios mencionados, hay que esperar que esta crisis genere los espacios de autocrítica que Hollywood necesita tan desesperadamente. No sería la primera vez. Harto de los grandes estudios, Chaplin fundó United Artists, y sin la posterior decadencia de estos en la década del 70, habría sido imposible el surgimiento de talentos de la talla de Coppola o Scorsese.

Ese espíritu innovador fue traicionado en los 80, cuando Spielberg, Cameron y sus seguidores nos devolvieron al actual parque jurásico, donde los presupuestos astronómicos y gráficos generados por computadora reemplazaron a las tramas, que alguna vez fueron escritas por William Faulkner o Paul Schrader. Los diálogos fueron mutilados hasta convertirse en aquellas sentencias minimalistas, y casi metafísicas de ese ícono de mi infancia, el actual gobernador de California, Arnold Schwarzenegger.

Al final, Hollywood creó su propio Frankenstein. Gastos millonarios que exigen ganancias billonarias y abandonar aquello que constituye la esencia de toda buena película.

Espero no haber pecado de optimista al pensar que esta huelga no se reduce a una mezquina lucha por porcentajes y que, por el contrario, es un momento determinante en la historia de esa compleja paradoja llamada "industria del cine".

Cirpiani y la Eternidad La República 12/1/2008




El cardenal Juan Luis Cipriani llama "dioses modernos y profanos" a aquellos que se atreven a sobrepasar los sacrosantos límites del estado-nación (no lo eran tanto cuando Lutero reclamó esta independencia para las iglesias nacionales) y afirmar que presidentes, ministros y generales pueden ser juzgados internacionalmente, como cualquier otro mortal.

Más allá de los excesos que se puedan cometer en el caso específico de Morales Bermúdez, lo importante es que Cipriani fue general en su condena a esta figura del derecho internacional. Su metáfora, incluso, identifica esta práctica con una de las muchas herejías que reinan en el mundo contemporáneo. Me pregunto si el darles derechos y reconocimiento a los homosexuales (quienes, según Su Eminencia, "no están dentro del plan de Dios") sería una variación de esa misma blasfemia. En lo que el Cardenal tiene toda la razón es en que, precisamente, es la labor de los dioses (aunque no precisamente "modernos") castigar al gobernante que cree que puede tomar la justicia en sus manos y violar las leyes de la polis en nombre de lo que él decide denominar el bien común.

Este es uno de los significados más bellos y profundos de la tragedia griega. La violación de las leyes de la polis es una afrenta contra los dioses que siempre recibe castigo. Edipo ignora las advertencias del oráculo y acusa injustamente a Creonte, pensando que eso lavará la sangre derramada y detendrá la peste que arrasa Tebas. El final de la obra revela que, por el contrario, el origen de todo el mal reside en el gobernante que no somete su poder a ningún tipo de restricción.

Es por lo menos paradójico que en esos tiempos profanos de muchas polis y dioses, la impunidad sea combatida con mucha más dureza que en la era de la Iglesia universal. En ese sentido, las afirmaciones de Cipriani nos remiten a sus antiguas simpatías con el régimen del acusado Fujimori, sus críticas a la CVR, y a la actitud complaciente de los sectores más conservadores de la Iglesia con los excesos de la lucha antisubversiva.

Sin embargo, sería injusto no mencionar a aquellas figuras que "desobedecieron a la Iglesia para salvar al cristianismo". En esa línea, la película El noveno día (Der neunten Tag) nos presenta a un grupo de sacerdotes cuya resistencia contra la ocupación alemana los lleva al campo de concentración de Dachau; lugar donde, según ellos mismos, "no hay Dios". Paralelamente, el régimen nazi busca negociar con Pío XII, de quien se dice que trata al Führer de "muy estimado señor" cada vez que lo saluda por su cumpleaños.

Ojalá que el Cardenal no repita los errores del pasado y sepa distanciarse del esplendor cortesano que cegó a ese Papa. Porque desde la perspectiva de la Eternidad, donde reinan inmaculados la geometría y el orden, los déspotas y asesinos se confunden con "señores" y se olvidan los sacrificios y vejaciones que sufrieron los verdaderos líderes de la Iglesia.