miércoles, 30 de enero de 2008

Exodo, I, 2008 La República 31/1/2008


De acuerdo al relato bíblico, la esperanza de alcanzar la tierra prometida permitió a los israelitas sobrevivir los cuarenta años en el desierto que siguieron a su liberación de Egipto. Hoy, tras 50 años de un destierro sin peregrinaje, los palestinos recorren esa misma senda armados con expectativas mucho más modestas .Es, por el contrario, la amenaza del hambre lo que los lleva a someterse a la dudosa benevolencia de los ex –faraones, quienes, presionados por sus antiguos súbditos, han prometido reestablecer el orden fronterizo.

El historiador Flavio Josefo narra en sus crónicas la terrible destrucción que trajeron las Legiones de Vespasiano a Galilea y la heroica lucha del pueblo judío por preservar sus creencias y autodeterminación. Hoy, el primer Ministro israelí, Ehud Olmert, recibe la venia del César de la nueva Roma para imponer una paz destinada a cambiarlo todo, con el fin de que todo siga igual.

En 1935, las leyes de Nuremberg privaron de la ciudadanía a los descendientes de Spinoza y Marx y establecieron el precedente para el Holocausto más terrible del siglo XX. Tras una ardua labor de análisis y rememoración, la tragedia que dio origen al derecho internacional moderno se convirtió en parte esencial de nuestra conciencia colectiva. Hoy, en CNN, un habitante de Gaza confiesa sentirse tratado como un subhumano, ya que carece de los derechos y servicios que, en sus propias palabras, disfrutan incluso los animales domésticos en Israel. Su historia, sin embargo, nos es ajena, su sufrimiento no es candidato a protagonizar una película de Spielberg y las leyes que perpetúan dicha inequidad no han sido llevadas ante ningún tribunal internacional.

La reflexión histórica consiste en obtener máximas universales a partir de circunstancias específicas. Sin este esfuerzo se corre el riesgo de caer en el mero fetichismo o la monopolización del dolor, perpetuando lo que por momentos parece ser la inexorable tendencia de la Historia a repetirse a si misma.

martes, 29 de enero de 2008

La persistencia de la memoria La República 24/1/2008














Las declaraciones de Jorge del Castillo parecen haber disipado las dudas sobre el carácter criminal de la dictadura fujimorista. Transformada en una sucesión monótona de plagios e intentos de homicidio, la gran estrategia antisubversiva se revela, finalmente, como el mito destinado a revivir el olvido.

Lo desafortunado es que dicho olvido se disipe sólo cuando los crímenes son narrados por miembros del "establishment" político e intelectual. Frente al destierro mediático de aquellas audiencias de la CVR en las que las víctimas directas del conflicto narraron los hechos más terribles de la guerra interna, la cobertura dada a las declaraciones de Gustavo Gorriti, el empresario Dyer y Del Castillo, sugiere la persistencia de prejuicios inmemoriales. Y es que si la historia es escrita por los vencedores, no resulta sorprendente que ellos parezcan lo únicos mártires.

Pareciera que los dogmas de Marta Hildebrandt son reflejos de actitudes cotidianas y que, desde la sintaxis torpe, y las voces titubeantes de los campesinos quechua hablantes, el sufrimiento perdiera algo de su densidad ontológica. Así, el debate esencial sobre las condiciones de pobreza y marginalidad que permitieron el auge de S.L, continua siendo aplazado.

Sin embargo, el juicio a Alberto Fujimori ofrece una nueva posibilidad para llevar a cabo esa catarsis histórica que nuestra sociedad necesita con tanta urgencia. Pero, esta solo será lograda, si, además de los crímenes del ex -dictador, confrontamos la cobardía y el oportunismo que hicieron posible un pacto de impunidad entre su régimen y algunos de los grupos más encumbrados del país, pacto cuyo origen puede ser rastreado hasta el atentado de Tarata, cuando la guerra que con tanta indolencia habíamos desatendido, se presentó ante nuestras puertas, y fuimos seducidos a hacer el intercambio auspiciado por todas las dictaduras: seguridad por olvido e impunidad , sin importar los costos.

Luces, cámara... La República 17/1/2008


A pesar de algunos avances menores –como el compromiso logrado por David Letterman con su staff–, la huelga de guionistas en Hollywood parece no tener solución. Esto garantiza a los cinéfilos un año todavía más banal, si es que tal cosa es siquiera concebible. Superhéroes en un mundo sin causas justas, rubias editoras de revistas de moda atrapadas entre el éxito laboral y el verdadero amor y nuevas hordas de zombies prometen apoderarse de una cartelera cuya esterilidad haría a Hitchcock despertar de entre los muertos y acuchillar a varios productores en la ducha.

Dejando de lado por un momento los sacrificios mencionados, hay que esperar que esta crisis genere los espacios de autocrítica que Hollywood necesita tan desesperadamente. No sería la primera vez. Harto de los grandes estudios, Chaplin fundó United Artists, y sin la posterior decadencia de estos en la década del 70, habría sido imposible el surgimiento de talentos de la talla de Coppola o Scorsese.

Ese espíritu innovador fue traicionado en los 80, cuando Spielberg, Cameron y sus seguidores nos devolvieron al actual parque jurásico, donde los presupuestos astronómicos y gráficos generados por computadora reemplazaron a las tramas, que alguna vez fueron escritas por William Faulkner o Paul Schrader. Los diálogos fueron mutilados hasta convertirse en aquellas sentencias minimalistas, y casi metafísicas de ese ícono de mi infancia, el actual gobernador de California, Arnold Schwarzenegger.

Al final, Hollywood creó su propio Frankenstein. Gastos millonarios que exigen ganancias billonarias y abandonar aquello que constituye la esencia de toda buena película.

Espero no haber pecado de optimista al pensar que esta huelga no se reduce a una mezquina lucha por porcentajes y que, por el contrario, es un momento determinante en la historia de esa compleja paradoja llamada "industria del cine".

Cirpiani y la Eternidad La República 12/1/2008




El cardenal Juan Luis Cipriani llama "dioses modernos y profanos" a aquellos que se atreven a sobrepasar los sacrosantos límites del estado-nación (no lo eran tanto cuando Lutero reclamó esta independencia para las iglesias nacionales) y afirmar que presidentes, ministros y generales pueden ser juzgados internacionalmente, como cualquier otro mortal.

Más allá de los excesos que se puedan cometer en el caso específico de Morales Bermúdez, lo importante es que Cipriani fue general en su condena a esta figura del derecho internacional. Su metáfora, incluso, identifica esta práctica con una de las muchas herejías que reinan en el mundo contemporáneo. Me pregunto si el darles derechos y reconocimiento a los homosexuales (quienes, según Su Eminencia, "no están dentro del plan de Dios") sería una variación de esa misma blasfemia. En lo que el Cardenal tiene toda la razón es en que, precisamente, es la labor de los dioses (aunque no precisamente "modernos") castigar al gobernante que cree que puede tomar la justicia en sus manos y violar las leyes de la polis en nombre de lo que él decide denominar el bien común.

Este es uno de los significados más bellos y profundos de la tragedia griega. La violación de las leyes de la polis es una afrenta contra los dioses que siempre recibe castigo. Edipo ignora las advertencias del oráculo y acusa injustamente a Creonte, pensando que eso lavará la sangre derramada y detendrá la peste que arrasa Tebas. El final de la obra revela que, por el contrario, el origen de todo el mal reside en el gobernante que no somete su poder a ningún tipo de restricción.

Es por lo menos paradójico que en esos tiempos profanos de muchas polis y dioses, la impunidad sea combatida con mucha más dureza que en la era de la Iglesia universal. En ese sentido, las afirmaciones de Cipriani nos remiten a sus antiguas simpatías con el régimen del acusado Fujimori, sus críticas a la CVR, y a la actitud complaciente de los sectores más conservadores de la Iglesia con los excesos de la lucha antisubversiva.

Sin embargo, sería injusto no mencionar a aquellas figuras que "desobedecieron a la Iglesia para salvar al cristianismo". En esa línea, la película El noveno día (Der neunten Tag) nos presenta a un grupo de sacerdotes cuya resistencia contra la ocupación alemana los lleva al campo de concentración de Dachau; lugar donde, según ellos mismos, "no hay Dios". Paralelamente, el régimen nazi busca negociar con Pío XII, de quien se dice que trata al Führer de "muy estimado señor" cada vez que lo saluda por su cumpleaños.

Ojalá que el Cardenal no repita los errores del pasado y sepa distanciarse del esplendor cortesano que cegó a ese Papa. Porque desde la perspectiva de la Eternidad, donde reinan inmaculados la geometría y el orden, los déspotas y asesinos se confunden con "señores" y se olvidan los sacrificios y vejaciones que sufrieron los verdaderos líderes de la Iglesia.