martes, 29 de enero de 2008

Luces, cámara... La República 17/1/2008


A pesar de algunos avances menores –como el compromiso logrado por David Letterman con su staff–, la huelga de guionistas en Hollywood parece no tener solución. Esto garantiza a los cinéfilos un año todavía más banal, si es que tal cosa es siquiera concebible. Superhéroes en un mundo sin causas justas, rubias editoras de revistas de moda atrapadas entre el éxito laboral y el verdadero amor y nuevas hordas de zombies prometen apoderarse de una cartelera cuya esterilidad haría a Hitchcock despertar de entre los muertos y acuchillar a varios productores en la ducha.

Dejando de lado por un momento los sacrificios mencionados, hay que esperar que esta crisis genere los espacios de autocrítica que Hollywood necesita tan desesperadamente. No sería la primera vez. Harto de los grandes estudios, Chaplin fundó United Artists, y sin la posterior decadencia de estos en la década del 70, habría sido imposible el surgimiento de talentos de la talla de Coppola o Scorsese.

Ese espíritu innovador fue traicionado en los 80, cuando Spielberg, Cameron y sus seguidores nos devolvieron al actual parque jurásico, donde los presupuestos astronómicos y gráficos generados por computadora reemplazaron a las tramas, que alguna vez fueron escritas por William Faulkner o Paul Schrader. Los diálogos fueron mutilados hasta convertirse en aquellas sentencias minimalistas, y casi metafísicas de ese ícono de mi infancia, el actual gobernador de California, Arnold Schwarzenegger.

Al final, Hollywood creó su propio Frankenstein. Gastos millonarios que exigen ganancias billonarias y abandonar aquello que constituye la esencia de toda buena película.

Espero no haber pecado de optimista al pensar que esta huelga no se reduce a una mezquina lucha por porcentajes y que, por el contrario, es un momento determinante en la historia de esa compleja paradoja llamada "industria del cine".

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