
Siete millones de europeos tuvieron que morir antes de que en 1648 se firmara la paz de Westphalia. A partir de este momento, la ciudadanía dejaría de ser una mera extensión del compromiso religioso y se consolidaría como una esfera autónoma. No sería, sin embargo, la última ocasión en la que el naciente estado moderno tendría que enfrentar prejuicios arraigados con el fin de constituir una unidad más extensa.
Nuestra época se ha esforzado por superar el concepto tradicional del estado-nación como instrumento de gobierno de una cultura homogénea, incapaz por definición de coexistir con algún otro grupo minoritario. Los casos de Alemania, Suiza y España prueban que la tensión entre los diversos grupos y el gobierno central no es sintomática de represión, sino una muestra de la vitalidad y capacidad autocrítica del sistema.
Quienes apoyan irrestrictamente la independencia de Kosovo confunden, pues, sectarismo con autodeterminación y creen que la fundación de un estado al servicio de una reivindicación étnica representa necesariamente la realización de la libertad y no, como diría Hegel, su más rotunda negación. De esta manera, olvidan que, bajo dicho punto de partida, la discriminación de todos aquellos que no pertenecen al grupo mayoritario se torna un riesgo latente, tal como en el pasado lo fuera la intolerancia religiosa.
Aun cuando es innegable que la negativa serbia a promover alguna alternativa al separatismo ha sido central en la escalada del conflicto, la decisión de Kosovo se nutre de una similar intransigencia, ya que ignora a los grupos serbios que habitan en el norte y rechazan la declaración unilateral.
En su película Underground, Emir Kosturica retrató a los Balcanes como una tierra irremisiblemente marcada por la guerra y el espíritu combativo de sus pobladores frente a toda ambición imperialista. Pareciera, desafortunadamente, que ante la ausencia de un enemigo común, es en dicho espíritu donde radica también la fuente de su desunión.


