jueves, 28 de febrero de 2008

El peligro de Kosovo 28/2/2008


Siete millones de europeos tuvieron que morir antes de que en 1648 se firmara la paz de Westphalia. A partir de este momento, la ciudadanía dejaría de ser una mera extensión del compromiso religioso y se consolidaría como una esfera autónoma. No sería, sin embargo, la última ocasión en la que el naciente estado moderno tendría que enfrentar prejuicios arraigados con el fin de constituir una unidad más extensa.

Nuestra época se ha esforzado por superar el concepto tradicional del estado-nación como instrumento de gobierno de una cultura homogénea, incapaz por definición de coexistir con algún otro grupo minoritario. Los casos de Alemania, Suiza y España prueban que la tensión entre los diversos grupos y el gobierno central no es sintomática de represión, sino una muestra de la vitalidad y capacidad autocrítica del sistema.

Quienes apoyan irrestrictamente la independencia de Kosovo confunden, pues, sectarismo con autodeterminación y creen que la fundación de un estado al servicio de una reivindicación étnica representa necesariamente la realización de la libertad y no, como diría Hegel, su más rotunda negación. De esta manera, olvidan que, bajo dicho punto de partida, la discriminación de todos aquellos que no pertenecen al grupo mayoritario se torna un riesgo latente, tal como en el pasado lo fuera la intolerancia religiosa.

Aun cuando es innegable que la negativa serbia a promover alguna alternativa al separatismo ha sido central en la escalada del conflicto, la decisión de Kosovo se nutre de una similar intransigencia, ya que ignora a los grupos serbios que habitan en el norte y rechazan la declaración unilateral.

En su película Underground, Emir Kosturica retrató a los Balcanes como una tierra irremisiblemente marcada por la guerra y el espíritu combativo de sus pobladores frente a toda ambición imperialista. Pareciera, desafortunadamente, que ante la ausencia de un enemigo común, es en dicho espíritu donde radica también la fuente de su desunión.

miércoles, 20 de febrero de 2008

Cazadores de Mitos La República 21/2/2008


Hoy, hace 160 años, el fantasma del comunismo recorrió Europa por primera vez. Considerando la suerte que hoy corre el pensamiento de Marx y el hecho de que la última efigie del socialismo se haya retirado hace dos días del poder, la metáfora no podría haber sido más desafortunada.

Es innegable que el estilo panfletario del Manifiesto Comunista ayudó a sellar dicho destino y reducir la colosal obra de Marx a ese conjunto de sentencias incendiarias que tanto seguidores como detractores emplean con la misma banalidad. Sin embargo, una lectura atenta de la obra revela alguna de las intuiciones más geniales sobre el destino de la sociedad capitalista y las características que distinguirían a la auténtica revolución de los desvaríos románticos de los anarquistas o los autoritarismos encubiertos, como el que hoy parece llegar a su fin en Cuba.

Así, esta obra de 1848 describe el proceso mediante el cual el capitalismo derribará todas las fronteras del estado nación y eliminará toda particularidad cultural que no sirva a sus propósitos. Escasa sorpresa mostraría Marx si supiera que la misma China, que en 1847 fue invadida y obligada por la primera potencia narcotraficante de la historia a abrir sus fronteras al libre mercado, amenaza hoy con dominarnos a través de la fibra óptica y las fusiones corporativas. Este último elemento es esencial para entender el profundo desprecio de Marx por las anarquistas que querían destruir las fábricas o por quienes abogaban por un retorno a utopías agrarias. Estos olvidaban que es en la era del capital en la que la libertad humana ha alcanzado límites inimaginables y que la cuestión no es, por lo tanto, renegar de ella, sino romper el monopolio ejercido sobre esta por una pequeña minoría. Solo cuando el capital haya desplegado todas sus posibilidades, será concebible la revolución cuya meta final es la universal expansión de la diversidad y posibilidades creativas del hombre y no su confinamiento a una pequeña isla del Caribe.

Nota: Lamento que en la edición de hoy de La República, algún censurable corrector haya puesto un "de" de más en la segunda línea de mi columna. Pido las disculpas del caso.

viernes, 15 de febrero de 2008

El segundo sexo La República 14/2/2007


El recientemente consumado affaire del presidente francés, Nicolas Sarkozy, con la ex modelo y cantante italiana Carla Bruni, revela un sentido del gusto y una meditada insolencia perfectamente acordes con la larga lista de contribuciones de su país a la cultura occidental.

Lo paradójico es que sea en la misma Francia en la que Simone de Beauvoir se atreviera a deconstruir "la naturaleza femenina", "la vida monogámica" y otras invenciones sobre las que se erige nuestra civilización, donde la mezquindad de los instintos conservadores ha aflorado con mayor virulencia. Así, numerosos críticos han sugerido que en función a su historial y deficiencias curriculares, Carla Bruni no merece más privilegio que el de ser "la favorite". Bajo este supuesto, la discreción con la que François Mitterrand lidiara con su amante e hija ilegítima ha sido alabada por multitud de socialistas como una ejemplar muestra de refinamiento. Quien recuerde, sin embargo, la mirada de Pilar Nores el inexorable día en el que las infidencias de su marido salieron a la luz, tendrá evidencia suficiente para sospechar que detrás de esta invocación a las buenas costumbres, se encuentra nuestra ancestral predilección por los dobles estándares.

Parecemos no ser conscientes de la aporía que presupone favorecer el avance femenino en el ámbito educativo y laboral y, al mismo tiempo, persistir en el culto a la mujer estoica, cuyo deber es callar la humillación e inmolarse en nombre de la Familia, el País y otros artificios escritos con mayúsculas.

No imagino a la nueva esposa del presidente asumiendo dicho rol ni hipotecando su felicidad a los intereses de la Quinta República. No dudo tampoco que, ante un eventual atentado a su dignidad, se alejará altiva como la Libertad de Delacroix, recordándole al Estado que es él quien debería estar a su servicio y dándole a todo su género una lección de dignidad que ningún doctorado en la Sorbona o ceremonia oficial podrán jamás reemplazar.

jueves, 7 de febrero de 2008

Supermartes La Republica 7/2/2008


La jornada del martes dejas tras de si a un McCain victorioso y un empate demócrata que fuerza a Clinton y Obama a una negociación cuyos resultados finales serán vistos solo en la Asamblea Nacional en agosto. Pero, más allá de las cifras y revelaciones de última hora, lo cierto es que el culto voyeurista del "look" y la "corrección política" han desplazado exitosamente al debate sobre los problemas fundamentales que desde hace décadas afectan al sistema político.

En el lado demócrata, fue ese fetichismo el que silenció los temas más relevantes de la agenda social y explica la renuencia de Obama a confrontar el problema racial, e incluso la alabanza prodigada al mismo Reagan que en los 60 se opusiera a la integración de las escuelas públicas. El mainstream extirpa cualquier evidencia de radicalismo que pueda ser rastreada hasta el ghetto, convirtiendo a los políticos de origen minoritarios en burdos calcos del establishment al que estos originalmente buscaban combatir.

En lo que ambos bandos sí han coincidido es en un silencio sepulcral sobre las cantidades millonarias necesarias para lanzar cualquier candidatura y cómo este hecho obliga a los políticos a transar con el mundo corporativo, al cual, teóricamente, debían legislar. El estéril debate entre Romney y McCain sobre quién representaría los auténticos valores conservadores olvida plácidamente las temporadas de Dick Cheney en el directorio de la corporación Halliburton y el servicio prestado a sus antiguos amos una vez que este retornó a la Casa Blanca.

En algún momento, los EEUU legalizó la misma corrupción que arrogantemente consideran monopolio del tercer mundo, y que ya en 1903 era considerada por Theodore Roosevelt como la mayor amenaza a la democracia: "…La república morirá cuando el poder caiga en manos de los que no buscan justicia para todos los ciudadanos, ricos y pobres por igual, sino en representar a una sola clase y sus intereses en oposición a los de todas las demás".